El periodista Toño Azpilcueta, que vive en Villa El Salvador en Lima (Perú) se pregunta por qué el intelectual José Durand Flores le ha llamado y quiere hablar con él. El hombre, cuyo padre era un italiano de apellido vasco, se lo pregunta una y otra vez. Cuando por fin consigue hablar con él por télefono, Durand Flores le dice que vaya esa misma noche a Bajo El Puente porque escuchar al guitarrista Lalo Molfino, el mejor de Perú, le va a cambiar la vida. Azpilcueta, redactor de artículos sobre el vals peruano, desconoce quién es Morfino, por lo que acepta la invitación.
Le dedico mi silencio (Alfaguara, 2023) es la última novela de Mario Vargas Llosa, escritor peruano (Arequipa, 1936) ganador del Premio Nobel de Literatura en 2010 y del Premio Cervantes en 1994, entre otros muchos galardones. Y en ella narra cómo Toño Azpilcueta acaba convencido, al escucharlo una sola vez, que Lalo Molfino es, efectivamente, el mejor guitarrista de Perú. Asombrado y en éxtasis por el silencio que se apodera de Bajo El Puente durante la interpretación de aquel desconocido, sólo similar a la que ha vivido en una plaza de toros, el joven periodista decide emprender la aventura de escribir un ensayo sobre la vida de Molfino, que al poco tiempo de aquella noche muere por tuberculosis.
Pero este ensayo acaba siendo mucho más complejo y se convierte en uno sobre cómo el vals peruano es un estilo musical que puede unir a Perú, un país siempre dividido desde las guerras internas en el Imperio Inca siglos atrás, y en los últimos años azotado por Sendero Luminoso. El ímpetu de probar que la música puede unir a un país, un continente y acaso al mundo entero le recorrer las venas a medida que descubre todo sobre Lalo Molfina: desde su nacimiento y su acogida por parte de un cura apellidado Molfino, que se lo encuentre abandonado en un vertedero recién nacido, hasta su trágica muerte.
Le dedico mi silencio de Mario Vargas Llosa (autores de otras novelas como Conversación en La Catedral), es una novela estructurada en dos partes: por un lado, una narración en tercera persona sobre Toño Azpilcueta, casado con Matilde, con dos hijas, pero secretamente enamorado de la famosa cantante y amiga suya Cecilia Barraza; y, por otro, el propio ensayo que escribe. De esta manera, nos encontramos con que Azpilcueta es un alter ego de Mario Vargas Llosa. Y, asimismo, nos encontramos el paralelismo entre el vertedero y las ratas donde abandonaron a Lalo Molfina y el terror que le provocan los roedores a Azpilcueta, que piensa que le recorren el cuerpo y tiene que rascarse hasta sangrar.
Paraciera que Azpilcueta es Molfina, que todos son Molfina, como todos son Pedro Páramo. Más allá de este paralelismo, el periodista, unido a la Universidad de San Marcos porque allí estaba su maestro en la Cátedra de Quehaceres Peruanos, Hermógenes Artajeres Morones, también nos recuerda al joven Gabriel García Márquez: mientras él escribía Cien años de soledad, era su esposa quien mantenía la casa, igual que mientras el peruano de padre italiano y apellido vasco escribe Lalo Molfina y la revolución silenciosa, su ensayo que finalmente le publica el exlibrero y editor Antenor Cabada, es Matilde la que gana los pocos soles o solcitos que les permiten sobrevivir.
Con todo, esta novela Le dedico mi silencio viaja de lo general a lo particular y de los particular a lo general, como las teorías del método científico, porque Azpilcueta está convencido de que la música une a todo el mundo, de que igual que el amor por el vals peruano unió a Toni Lagarde y a la negrita Lala Solórzano, este género musical cuya historia describe en el ensayo, puede unir a todo Perú. Con una prosa perfecta, como no podía ser de otra manera en Mario Vargas Llosa, su última novela es un alegato al amor, a la música, a Perú, a la paz y a las utopías. El ensayo, que tiene éxito, tiene vida propia y despertará el interés de la sociedad peruana, para bien -de los que lo loan- y para mal -de los que le llaman loco por pensar que Perú puede unirse de alguna forma y, encima, con la música-.
Como doble libro que es en realidad, Mario Vargas Llosa -autor también de otra novela de la que he escrito una crítica como La fiesta del chivo– hace un ejercicio de retrospectiva en Le dedico mi silencio, con la extraña y casi mitológica figura del guitarrisa Lalo Molfina como mecha que prende la llama. Y lo hace enlanzado Historia e historias, con paralelismos como los mencionados unos párrafos antes, pero también con el propio devenir de Toño Azpilcueta, ayudado por su compadre Collau, quien le paga miles de soles para que investigue.
Y es que si el vals peruano, la música por antonomasia de Perú -con figuras históricas como guitarristas, cantantes o cajoneros, entre los que se menciona una y otra vez al compositor Felipe Pinglio Alva-, puede unir al país más allá de clases sociales, luchas de clases y guerras, lo cierto es que piensa que ese mismo libro lo está alejando de su esposa Matilde, sintiéndose todo lo contrario a la pareja de ancianos de Toni Lagarde y Lala Solórzano. De ahí que el libro tenga diversas lecturas, todas ellas atractivas, bonitas, inspiradoras, curiosas, poéticas….
La novela Le dedico mi silencio de Mario Vargas Llosa -de 300 páginas de extensión y lectura fácil, salvo si se quieren recordar todos los nombres- es una lucha contra los elementos por parte de Azpilcueta, asediado por las ratas imaginarias que ve desde pequeño. Parafraseando una cita del libro en la que, en el propio ensayo, el protagonista dice que a es creyente a ratos sí y a ratos no, se podría decir que es creyente a ratas sí y a ratos no. Y es que el periodista, como otrora hiciera Baudelaire con Las flores del mal, va ampliando su ensayo en extensión a medida que pasa el tiempo, añadiendo temas como política, tauromaquia, religión y el español como elemento unificador de Latinoamérica con las colonias españolas.
Partiendo del síndrome de Stendhal que se podría decir que siente Azpilcueta al escuchar por primera y única vez a Lalo Molfina, esa belleza de su música, todo hay que decirlo, se verá confrontada con la realidad del Lalo Molfina como persona, como mal compañero que, al contrario de lo que ocurre en las jaranas donde se toca y se baila durante días enteros en barrios pobres limeños, él es un guitarrista que quiere tocar solo. A veces, podemos pensar, es mejor que los mitos sigan siendo eso, mitos, seres desconocidos en realidad de los que sólo conocemos los que nos lega la tradición oral o escrita, pero sin que los conozcamos en persona. Los hombres y mujeres, a veces, podemos sentir una pasión desmedida que nos puede frustrar si vemos la verdadera cara de nuestros ídolos.
Y eso nos lleva a pensar en si podemos o debemos seguir idolotrando a quienes han cometido delitos, tienen alguna investigación por motivos así o se ven envueltos en escándalos sexuales -nombres como Woody Allen o Louis C.K. son fáciles que se nos vengan a la cabeza-. En este caso, no es nada peligroso lo que Lalo Molfina comete, pero por diversos testimonios que recoge Toño Azpilcueta para la redacción de su ensayo, incluidos los de Cecilia Barraza, podemos creer que los mitos es mejor dejarlos lejos y no cumplir la fantasía de conocerlos para no acabar llorando por ello, lastimados por la realidad que descerraja un navajazo a la ingenuidad de los fans.
En definitiva, la novela Le dedico mi silencio de Mario Vargas Llosa, la última que va a escribir, tiene muchas lecturas y en esta crítica literaria se han mostrado algunas. Desde el intento de escribir un ensayo soberbio, cada vez más completo y sin fisuras, sobre cómo el vals peruano y la música peruana -marineras, huainos…- es capaz de unir al país y hacerlo vivir en paz, hasta cómo la fama puede cambiar a un simple periodista cuando su libro se vende por miles. Es, por lo tanto, una novela magnífica que cualquier lector y, en concreto, de Vargas Llosa, debe leer.
