Reseña de la novela Llamadme Alejandra de Espido Freire

Reseña de la novela ‘Llamadme Alejandra’, de Espido Freire

La familia Romanov, los zares de Rusia (Nicolás II y Alejandra Fiódorovna Románova) y sus cinco hijos (Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexis, el zarévich y heredero del trono) están encerrados en la casa Ipátiev en Ekaterimburgo. Corre el año 1917, es el mes de julio y han pasado varios meses desde la Revolución bolchevique de febrero de 1917. La última emperatriz de Rusia, nieta de la Reina Victoria de Inglaterra, enferma, recibe el aviso de que la familia entera debe reunirse porque los soldados les llaman. Desde este momento, la zarina comienza a recordar toda su vida, las alegrías y sufrimientos que les han llevado a ser una familia pobre y perseguida tras haber sido los más poderosos de Rusia.

Llamadme Alejandra (Editorial Planeta, 2017) es la novela con la que Espido Freire ganó el Premio Azorín 2017. En esta novela biográfica de la última emperatriz de Rusia, narrada en primera persona por Alix de Hesse-Damstadt, que así se llamaba de nacimiento la zarina, recorre toda la vida de la protagonista. De manera que conocemos, desde esta narración, los elementos más personales y la doble de vida de la zarina: la de su exposición pública y la de su vida privada, tan alejada, desde el punto de vista narrativo, de los prejuicios y la opinión pública rusa de la época.

Con un estilo muy cuidado, la escritora bilbaína sumerte a los lectores en la más íntima de las vivencias de la pareja, unos esposos que se aman y se respetan desde el primer momento en que se conocen en una fiesta en Rusia cuando Alejandra viaja hasta allí siguiendo a su hermana Ella. Así, la zarina comenta la vida íntima y matrimonial con el zar Nicolás II, hijo del zar Alejandro III, fallecido en 1884, tan alejanda de lo que opina el pueblo ruso, un pueblo visto por ella como orgulloso, pero hasta cierto punto ignorante y dejándose guiar siempre, incapaz de rebelarse si no es llevado por una minoría.

En la novela Llamadme Alejandra, que desde su título recuerda la primera frase de Moby Dick («Llamadme Ismael»), predomina la primera persona del singular de la protagonista, mezclada con otras primeras personas (tanto cartas escritas por sus hijas como informes oficiales), por lo que siempre estamos percibiendo la narración desde el punto de vista de un protagonista, como recurso literario de gran valor. Pero lo más notable de la novela es el contenido como tal, la expresión de las alegrías y desgracias de la vida de la última zarina rusa, hasta el punto de que se puede sentir su dolor, notar su estremecimiento y sus penas, o empatía por la relación de unos padres con sus hijas, «tan feas», como las llaman, recordando conversaciones del pasado por la narradora en esos últimos momentos de vida, de manera irónica y cariñosa

Con diferentes periodos bélicos azotando la realidad política y la vida de los zares (la guerra ruso-japonesa en 1904-1905, la Gran Guerra iniciada en 1914 o la Revolución Bolchevique que acabará con ellos), esta novela biográfica nos muestra más a la mujer que a la zarina, a la madre y esposa de un núcleo familiar más que la madre o ‘Madrecita’ de los ciudadanos rusos, como la llamará uno de los grandes protagonistas de la novela y de la vida real: Grigori Yefimovich Rasputin, que tanta influencia tuvo en la zarina por sus poderes curativos con su hijo Alexis (enfermo de hemofilia como ella misma) y premonitorios.

Porque la novela Llamada Alejandra (otra novela histórica de la que he publicado una reseña es La sangre del padre, de Alfonso Goizueta, finalista del Premio Planeta 2023) aporta una visión muy concreta de la vida de la zarina: es una exposición total de lo que, narrativamente hablando, es su vida real, sus sentimientos, su visión de la vida y la muerte, el poder y la familia. Poniéndose en su piel dejando que Alejandra Fiódovorna Románova sea la narradora, Espido Freire nos da la imagen de una mujer que en su intimidad reflexiona sobre los prejuicios que se tienen de quien en Rusia llaman Nicolás El Sanguinario, cuando es todo lo contrario: un hombre (a quien ella llama Nikki) que prefiere negociar y ceder más que el resto antes que matar; o sobre la mala opinión que se tiene de Rasputín y su influencia sobre ella y su familia, con los archiconocidos rumores de sexo y orgías que rodearon y aún siguen rodeando la vida del campesino de origen siberiano.

Con un enorme proceso de documentación histórica que supone la narración de una novela así en primera persona, Espido Freire nos ofrece la visión de la zarina como madre entregada al bienestar de su país y de sus hijos. Y el sufrimiento que tenía por no dar a luz a un varón que heredera el trono en lugar de algún otro miembro de la familia Romanov: en los primeros años de matrimonio, solo tenía hijas hasta el nacimiento de Alexis, su ojo derecho, máxime por su dolorosa enfermedad, la hemofilia, que les lleva al máximo extremo de sufrimiento y hasta enfrentamientos por no poder llevar una vida normal, siempre al borde de la muerte por cualquier golpe, sangrado o hemorragia.

La zarina, por tanto, nos narra en primera persona toda su entrega y su lucha por hacer que la familia permanezca unida, mostrando de manera paralela sólo algunos momentos del presente en la casa Ipátiev, con todos los recuerdos del pasado, que son la mayor parte de la novela Llamadme Alejandra. Y lo que sí muestra mucho son todas las intrigas palaciegas, las estrategias de casamientos y matrimonios para unir imperios o monarquías, el gran poder ejercido por su suegra (María Fiódovorova Románova, que era la princesa Dagmar de Dinamarca) y por su propia abuela, la Reina Victoria de Inglaterra. Por lo que se mezclaban los problemas familiares propios de cualquier familia, multiplicados a su máximo potencia al tratarse de una familia de zares.

Entre las reflexiones que deja la novela Llamadme Alejandra de Espido Freire, además del lado personal que tiene todo emperador, emperatriz, zar, zarina, rey o reina, es la capacidad de perdonar o de todo lo contrario, odiar hasta la más profunda expresión y consecuencia; las luchas intestinas en cualquier centro de poder; las diferencias existentes entre ricos y pobres en cualquier país, aún más cuanto más acaudalados son los poderosos; y el destino de inocentes que pagan el pecado, cometido o no, de sus padres. Todo ello con un estilo literario muy bueno en esta novela Premio Azorín 2017.

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