Tooru Okada está en su casa un día por la mañana, en paro, después de dejar su trabajo en un bufete de abogados. Está cocinando pasta mientras escucha en la radio La gazza ladra. Recibe dos llamadas telefónicas: una de su esposa, Kumiko Wataya, quien le dice que puede tener un trabajo escribiendo poesía para una revista de adolescentes y que vaya en busca del gato, Noboru Wataya (el nombre del hermano de Kumiko), que se ha escapado. Poco después, le llama una mujer que dice conocerlo, solo le pide diez minutos y empieza a tener una conversación sexual con él, pero Tooru corta la llamada y sale en busca del gato perdido.
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Tusquets Editores, 2001) es una novela del escritor japonés Haruki Murakami, con traducción de Lourdes Porta y Junich Matsuura, que toma su nombre de una estatua que hay en un jardín de la urbanización donde viven Tooru y Kumiko, y de un pájaro, que nunca ven, que hace un ruido, un ric-ric, como si cada día hiciera falta para dar cuerda al mundo y que hubiera vida. Una vez que sale de casa en busca del gato, el hombre, de unos treinta años, conoce a May Kasahara, una adolescente que ha sufrido un accidente de moto con su novio y que no va a la escuela. Entre ellos, pronto se establece una relación de amistad.
De nuevo y como en otros libros de Murakami de los que he escrito reseñas (no del libro de relatos El elefante desaparece, de 2016, en el que el primer relato es el inicio, precisamente, de esta novela), el escritor usa una narrativa precisa. Narrada en primera persona por el protagonista, la novela introduce al lector en uno de los universos de Murakami, en el que todos confluyen de una u otra manera. Porque es imposible no ver las relaciones y paralelismos, por ejemplo, entre Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y 1Q84, ya que incluso hay un personaje que está en ambas: el repelente Ushikawa, un hombre de cabeza de forma extraña, mal vestido, viperino, que en esta trabaja para Noboru Wataya: un joven economista que pronto tratará de alcanzar el éxito en política y ejercerá un poder casi sobrenatural.
En 1Q84 (año 1984, el mismo en el que transcurren las dos novelas), los dos personajes principales, Tengo y Aomame, se buscan y quieren estar juntos, mientras que en esta, Kumiko Wataya abandona el hogar y a Tooru Okada. Pero la relación entre ambos libros, no sólo por coincidencia del año, sino por la existencia de una figura casi mítica y su extraña sexualidad, con un trasfondo horrible, está presente también. Es imposible no establecer una relación, por lo tanto, no unirlas por parte del lector habituado a leer las novelas de Murakami. En ambas, realidad y ficción, sueños y realidad, se unen, se entrelazan, sin saber exactamente bien cuál es la línea divisoria entre ambas. Quizás, por eso, las personas desaparecen con tanta facilidad en las novelas de Haruki Murakami: porque no hay fronteras de ningún tipo entre mundos, entre verdades y mentiras, entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte.
En este caso, como es habitual en el realismo mágico japonés de los libros de Haruki Murakami, Tooru Okada vivirá experiencias extrañas acompañado de personajes secundarios extraños y misteriosos. Desde una manera exquisita de narrar la cotidianidad sencilla de la clase media o media baja en Japón y la omnipresencia del alcohol, y como es común en los personajes masculinos, Okada tendrá una relación amistosa, pero rozando lo amoroso, con una adolescente, May Kasahara. Y a su alrededor habrá historias interconectadas con personajes como las hermanas Malta Kanoo y Creta Kanoo. Malta Kanoo es una especie de vidente a la que Kumiko Wataya recurre para encontrar a su gato perdido, pero la historia de Tooru y Malta, pronto, irá más allá con la aparición de Creta Kanoo y su dolorosa experiencia: ha pasado de ser una prostituta de la carne a ser una prostituta de la mente.
Además, más adelante aparecerán más personajes que conectan pasado, presente y futuro de manera mágica, pero real al mismo tiempo, porque la mezcla entre ambos conceptos en la obra literaria de Murakami se diluyen y como si fuera gelatina, podemos entrar en un mundo o en otro sin saber a cuál pertenecemos en realidad. Ese es el poder continuo en todos sus libros, como la presencia de prostitutas en hoteles de amor -como el hotel de la novela Baila, baila, baila, que me viene a la cabeza al leer Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, entre otras cosas porque May Kasahrara le dice ‘Piensa, piensa, piensa’ a Tooru-.
Por ejemplo, el teniente Mamiya, un exsoldado que luchó en la segunda guerra chino-japonesa (1937-1945) junto con el señor Honda, un anciano al que Tooru Okada y Kumiko Wataya conocieron cuando eran pareja antes de casarse. Al morir el señor Honda, con Kumiko desaparecida, el teniente Mamiya le narrará toda su vida a Tooru por medio de cartas. Y esa historia se conectará no sólo con Tooru, sino también como Nutmeg y su hijo Cinnamon, mudo desde una noche traumática: Nutmeg, una extraña mujer, era hija del veterinario del zoo de Tokyo durante esa guerra y tenía una extraña mancha azul en el rostro.
Una mancha de nacimiento que, de repente, en el interior de un pozo en la casa abandonada de los Miyawaki, también le sale a Toour Okada. De una manera extraña, le aparecerá en el rostro cuando, en el interior de ese pozo (un pozo como en el que encerraron al teniente Mamiya durante la guerra). Y será a través del pozo donde Tooru Okada vivirá extrañas experiencias: allí se encerrará a pensar, pero como sucede en otras novelas de Murakami, allí habrá conexiones entre mundos (como Alicia a través del espejo o las extrañas apariciones en el interior de un agujero profundo en la novela La muerte del comendador). Los puntos de conexión entre mundos están ahí en estos novelas del aclamado escritor japonés, un autor mágico, sutil, poético incluso cuando toca temas tan duros como las violaciones o la crueldad de la guerra.
La narrativa, la trama, las historias… de esta novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo envuelven al lector, lo enamoran, lo emocionan, lo llevan de la mano a mundos mágicos, a mundos oscuros, con personajes que una y otra vez se repiten o aparecen perfiles de personajes muy parecidos. Porque como he venido escribiendo en las diferentes reseñas, suele haber dos o más mundos entrelazados, con personajes que tienen perfiles muy parecidos: siempre hay hombres en la treintena y que trabajan en profesionales liberales, relacionados con mujeres adultas, pero también con chicas adolescentes muy maduras, aunque en gran medida inseguras (también sucede en El fin del mundo y un despiadado País de las Maravillas.
Porque Haruki Murakami ha creado varios mundos, universoso o multiversos unidos -al menos, eso me parece a mí-. Es como si el mismo personaje viviera vidas diferentes, como si uno mismo protagonista tuviera sus gemelos en varios mundos sin que ninguno de ellos sea consciente de que lo es. O tal vez no, quizás ninguna de las novelas tenga una relación directa con las otras, pero Murakami juega con los lectores para confundirse, para despertar su imaginación -esa imaginación que el temible Boris ‘el desollador’ le dijo al teniente Mamiya que es mortal, por eso es mejor no imaginar nada- y sus fantasías. Y por eso es un escritor tan soberbio, tan bueno, tan maravilloso.
En la novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haruki Murakami nos mueve por los entresijos de sus mundos, de sus universos, unidos de manera tan extraña que lo que sucede en uno tiene una consecuencia directa en el otro y viceversa. Como lector de tantas de sus novelas, no puedo dejar de pensar en estas conexiones, en los homenajes a Lewis Carrol (unos más directos, otros menos indirectos) y en la magia que las rodea. Pero también en su dureza, porque la soledad, el dolor, la crueldad… son comunes en sus libros. No son novelas para divertirse y entretenerse unos días o semanas mientras se leen. La banalidad no tiene nada que ver con la literatura de Murakami: es un portento literario. Y sus novelas hay que afrontarlas con todo el honor que merece, para degustarlas, saborearlas, disfrutarlas, sonreír y estremecerse.
