reseña de la novela La marca del meridiano, de Lorenzo Silva

Reseña de la novela La marca del meridiano, de Lorenzo Silva (Premio Planeta 2012)

Un cadáver aparece colgado de un puente en La Rioja, cruelmente vejado y torturado. El brigada Rubén Bevilacqua y la sargento Virginia Chamorro, ya con el agente Juan Arnau plenamente integrado en su equipo de la Unión Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, tienen que viajar hasta allí para investigar el caso. Pero desde el primer momento, será diferente a todos los demás: la víctima es el subteniente jubilado Rafael Robles, mentor de Bevilacqua en sus inicios en la Guardia Civil en Barcelona.

La marca del meridiano (Premio Planeta, 2012), de Lorenzo Silva, es la séptima novela de la saga Bevilacqua y Chamorro (las 6 anteriores ya tienen su crítica publicada en mi web) y permite al lector seguir conociendo las profundidades, recovecos, misterios, simpatías, manías y dejes incluso nacionalistas de los personajes protagonistas. En esta ocasión, se removerá el pasado más oscuro del brigada Bevilacqua, en un caso complejo en el que intervendrán varios cuerpos policiales autonómicos, para empezar.

El asesinato del subteniente Robles les obligará a investigar el caso, según avanza la investigación, no solo en La Rioja, sino también en Cataluña y en Barcelona, donde los fantasmas y demonios del pasado atacan de nuevo al brigada. Si bien es cierto que la desazón que sufría en el caso anterior en la novela La estrategia del agua ya ha desaparecido, en esta continuación sus dilemas irán mucho más allá: hacia un territorio hostil, una frontera en la que entre el bien y el mal hay una línea muy fina y muy fácil de traspasar.

Más aún en una trama en la que el leitmotiv es sumergirse en un caso del mundo de la prostitución y el narcotráfico, un mundo en el que siempre es difícil tirar el hilo y encontrar las manos que controlan las marionetas. Sobre todo cuando estas marionetas, explotadas con una deuda que siempre aumenta y, si proceden de otros países, con la siempre presente espada de Damocles sobre la cabeza de sus familias, no cuentan nada y no señalan a los criminales.

Como sabrán los lectores de la saga, en La marca del meridiano existe un salto de Bevilacqua a las profundidades de su pasado, a un momento en el que se dedica una canción a una mujer para que se la cante el próximo hombre que la ame. Pero también un salto al vacío, a los miedos, a los errores del pasado, a momentos en los que la moralidad es como un niño al que se mete en el cuarto para que no vea lo que hacen los adultos. Adultos como un experimentado guardia como Robles y su joven aprendiz recién llegado al cuerpo llamado Bevilacqua.

A medida que el caso del asesinato se complica con la intervención de unidades policiales que a ningún miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado le gustaría tener pisándole los talones, a Bevilacqua le veremos caminar en la cuerda floja en La marca del meridiano. No porque se venga abajo, sino porque las losas del pasado nos entierran vivos en tumbas de las que a veces es imposible salir. Aunque tengamos a nuestro lado, como el brigada, a algo más que una compañera de trabajo como la sargento Chamorro.

A ella, como sabrán los lectores de la saga, Bevilacqua la lleva al Parc Güell y al Tibidabo cuando viajan a Barcelona para resolver la muerte de la periodista Neus Barutell en La reina sin espejo, donde vio de nuevo y por última vez a Robles cuando aún estaba vivo. La ciudad condal es para el brigada de la UCO una caja de pandora y no puede abrirla ni siquiera para Chamorro. Una ciudad en la que uno de sus secretos está en una cafetería a la que él se acerca con precaución. Allí es donde se le quedó en el cuerpo y, sobre todo en el alma, el diablo marcado en el cuerpo. Y este, en cualquier momento, rememora, puede salir a la luz si traspasa la marca del meridiano que parte en dos España.

Esta es una referencia no solo al meridiano de Greenwich que corta en dos partes desiguales el territorio español. Ese mismo corte, esa misma división, es la que tiene en su corazón y en su amígdala el brigada Rubén Bevilacqua. Como si fuera la marca de la rosa escarlata, el título de la novela, La marca del meridiano, es el fuego marcado en su alma. Traspasarla, como traspasar la frontera entre el bien y el mal, le cambia el ánimo y más aún si se trata de saber quiénes son los salvajes y animales que han matado al subteniente Robles.

Bevilacqua tendrá que guardar más de un secreto incluso a la sargento como al joven Arnau y al resto de agentes de La Rioja y Barcelona implicados, o contarles solo parte de la información que a él mismo le dan, obligado por las circunstancias mientras participa en varias investigaciones al mismo tiempo, no solo el asesinato de Robles. Siempre cumpliendo los estrictos protocolos y dando cuenta a sus superiores (al teniente coronel Pereira y, cómo no, al juez o a la jueza que instruye cada caso, ahora en La marca del meridiano la joven jueza Albiñana.

Porque, a pesar de su humor cáustico como se ha señalado en las diferentes reseñas de las novelas policiales de la saga Bevilacqua y Chamorro de Lorenzo Silva, a pesar de su espíritu anárquico y tan contrario a su trabajo, el brigada mostrará, por fin, sus verdaderas razones para ser tan escrupuloso. Eso siempre dificulta en cierta medida la resolución de un caso, pero el prototipo de policía justiciero que se toma la justicia por su mano está muy bien para una película de Hollywood, no para una novela policial que prosigue radiografiando España con precisión de bisturí.

El brigada Rubén Bevilacqua, de 48 años de edad, sigue como narrador en primera persona en La marca del meridiano como en todas las novelas, contadas desde un futuro siempre ambiguo. Tan ambiguo como su pasado en su país de origen Uruguay, del que él mismo cuenta ciertos detalles en cada libro. Una mente y una psicología, en el fondo, tan difícil de descubrir como complicada es la expiación de nuestros propios pecados. Porque castigar con la ley los delitos y pecados ajenos, es mucho más sencillo que quedar en paz con uno mismo, la absolución de nosotros mismos cuando hemos traspasado la última frontera del honor y la moralidad no es nada sencilla, a veces imposible.

El valor de esta novela, que recordamos que fue ganadora del Premio Planeta 2012, va mucho más allá de la trama policial, de polis buenos y polis malos, de narcotraficantes y de proxenetas. Es mostrarnos el abismo personal del brigada Bevilacqua, personaje quijotesco que, como El Quijote, tiene su destino ligado a una playa de Barcelona; continuamente referenciando a escritores, a expertos en psicología y a cantantes. Menos mal que tiene a Chamorro como incansable compañera (y a su hijo Rubén) y, tal vez, en el futuro, sustituta suya al frente del equipo de la UCO, con Arnau como plausible segundo de a bordo el día de su retirada.

En conclusión, La marca del meridiano, séptima novela de la saga Bevilacqua y Chamorro del escritor Lorenzo Silva, es un paso más allá es una serie de novelas policiales de enorme calidad. En todos los sentidos, desde la complejidad y profundidad de las tramas, hasta la evolución de los personajes a largo, hasta ahora, de 14 años, desde el inicio de la serie policial con El lejano país de los estanques (1998).

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