Portada de El laberinto de las aceitunas

Reseña de la novela ‘El laberinto de las aceitunas’, de Eduardo Mendoza

Un par de hombres entran en el manicomio que dirige el doctor Sugrañes y se llevan a la fuerza al protagonista, el detective anónimo, que se verá las caras con su viejo amigo el comisario Flores y será llevado a un hotel de Barcelona. Allí se encontrará con quien dice ser un ministro del Gobierno y que le encomienda una misión de incógnito: ir a Madrid y entregar un maletín lleno de dinero.

El laberinto de las aceitunas‘ (Seix Barral. Biblioteca de Bolsillo, 1982) es la segunda de las novelas protagonizadas por este personaje paródico de las novelas negras o policíacas creado por Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 2016, y le llevará por un mundo absurdo y variopinto con su vida pendiendo de un hilo en una concatenación de acontecimientos que irán de mal en peor.

Empezando porque al llegar a Madrid le robarán el maletín lleno de dinero, matarán al camarero del hotel en el que se hospeda pensando que es él y entregará a una joven mujer un montón de papel higiénico pintado. en lugar del dinero. A partir de ahí, la historia dará un giro tras otro en el que persona que se encuentre en su camino e intente ayudarle, persona que se verá en peligro de muerte. Como Suzanna Trash, llamada en realidad Emilia, la actriz a la que dio el maletín falso y que acabará, con su vecino pervertido Don Plutarquete, siendo una pieza clave de la investigación.

Porque en lugar de huir o volver al manicomio, donde ni loco quiere volver porque intenta probar que no está loco, el protagonista decidirá investigar quién se ha llevado el dinero, quién era ese ministro que resultó no serlo en realidad, y por ello vivirá unas circunstancias y persecuciones cada vez más extrañas. Con personajes que van y vienen, con agencias de actores y modelos que una mañana están abiertas y por la tarde ya no.

Eduardo Mendoza sorprende en esta novela, que a mitad de la narración parece estar prácticamente resuelta o, al menos, sin que haya mucho interés en que el protagonista, Emilia y Don Plutarquete sigan hacia delante. Y lo hace porque si bien el ritmo es más acelerado al principio, decae poco a poco a medida que la trama avanza, no se sabe bien, a veces, hacia dónde en concreto.

¿Tal vez hacia el vacío, del parece que todo ha sido para nada? Un mundo en el que pase lo que pase, con la vida y la muerte rondándose mutuamente, al final solo quedan las cucarachas y los locos. Esas cucarachas de las que tan brillantemente habló Juan José Millás en un artículo publicado en la revista Jotdown titulado ‘La cucaracha decimonónica‘. Siguen ahí al inicio y al final de todo. Y son siempre las mismas.

¿Qué hace metida en esta historia una empresa de aceitunas? Esta pregunta se la hará el lector en un momento concreto de la novela y, ciertamente, se la seguirá haciendo hasta el final, en esta trama que une las peripecias rocambolescas de un detective que se pasa gran parte de la obra medio desnudo, con el espionaje, el mundo de la farándula (cine y teatro), monjes y unos estadounidenses que, parece imposible, están ahí.

El detective anónimo estará empeñado en resolver un caso con unos resultados que harán recordar al lector las aventuras de ‘El Notas’ en la película ‘El gran Lebowski‘, de los hermanos Cohen. Hasta el punto de que quien vaya a leer o haya leído ‘El laberinto de las aceitunas‘ se preguntará: ¿por qué el protagonista se mete en tantos líos? ¿Era necesario?

¿No hubiese sido más fácil renunciar a mitad de camino? Una posible respuesta sea que sí, que era necesario como parte de la lógica del absurdo. Y otra más lógica, por llamarlo de alguna manera: las ganas que tiene el detective de estar libre, cumplir la misión que le han encomendado y tener como premio la libertad.

Lógico o no, absurdo o no, el detective privado proseguirá en su empeño en saber quién ha robado el dinero, y una vez que lo sabe y se lo devuelven, en a quién tienen tanto miedo los ladrones que se lo devuelven, como para hacerlo. Con historias de amor, palos pasionales y reencuentros familiares de por medio, el detective caminará paso a paso con el viento de Barcelona colándosele por debajo de la gabardina y refrescando sus partes pudendas.

Todo ello, toda esta trama, condimentada con un partido de fútbol que disputan España y Argentina y la ya presencia de restaurantes chinos en la Barcelona de los primeros años de la democracia, aperitivo de las posteriores novelas de Mendoza donde la población china residente en Barcelona cobrará su protagonismo, tal y como se ha mencionado en las anteriores reseñas de esta saga detectivesca (solo ‘Sin noticias de Gurb‘, ‘El asombroso viaje de Pomponio Flato‘, ‘Mauricio o las elecciones primarias‘ y ‘El rey recibe‘ no pertenecen a las novelas de esta serie). Y con un retrato de la vida en la podredumbre de la ciudad condal, incluidos los de Cándida, hermana del detective, que se dedica a la prostitución callejera.

El laberinto de las aceitunas‘, hay que recordarlo, es solo la tercera novela publicada por Eduardo Mendoza en su larga carrera literaria. En la que hay algunos de sus de tantos homenajes metaliterarios que en novelas de escritores galardonados con el Premio Cervantes, con alusiones a la narración del protagonista como lo que es, una novela. Este detalle cervantino, que también se da en novelas como ‘Ya nadie llora por mí‘ (Alfaguara, 2017), del Premio Cervantes 2017 Sergio Ramírez, aparecerá de lleno en la recta final de la novela, cuando el protagonista y Don Plutarquete estén metidos de lleno en la boca del lobo.

En definitiva, ‘El laberinto de las aceitunases una novela que leída con perspectiva da fe de la madurez literaria a la que Eduardo Mendoza se aproximaba año tras año, novela tras novela. Pero que ya se dejaba ver, de forma patente, en la resolución y el carácter de un personaje, el detective anónimo, genialmente perfilado por su autor, un novelista experto en la sátira, en el uso de la literatura como un punzón en el que, en la medida justa, pinchar en lo político, en lo social, en lo policial, de la ciudad de Barcelona como lugar predilecto para el desarrollo de obra literaria.

Y todo ello teniendo en cuenta, además, los muchos años, que pasaron desde la publicación de las dos primeras novelas, ‘El misterio de la cripta embrujada‘ (1978) y esta ‘El laberinto de las aceitunas‘ (1982), hasta la continuación de ‘La aventura del tocador de señoras‘ (2001). Un parón de casi dos décadas en las aventuras del detective anónimo.

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