Portada de Ya nadie llora por mí

Reseña de la novela ‘Ya nadie llora por mí’, de Sergio Ramírez

El inspector Dolores Morales, con el paso de los años, es el jefe de una agencia de detectives radicada en un centro comercial de Managua (Nicaragua) cuya licencia ha expirado, pero sigue investigando casos para clientes de las clases más bajas del país: en gran parte, infidelidades. Pero un día, un burgués de los más ricos del país, Miguel Soto Colmenares, de esos contra los que el inspector luchó en su etapa de revolucionario contra Somoza bajo el nombre de compañero Artemio, le encarga una misión: traerle de vuelta a su hijastra, Marcela, hija de Ángela, su actual esposa, que ha desaparecido.

Ya nadie llora por mí‘ (Alfaguara, 2017) es la continuación de las andanzas policiales, aunque ya fuera del cuerpo, del inspector Dolores Morales, creado por el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017, casi una década antes. Protagonista de la novela ‘El cielo llora por mí‘ (Alfaguara, 2008), el inspector Morales es  un Quijote moderno que tiene en Lord Dixon a su Sancho Panza particular y que incluso, en la propia novela, se verá como aludido por otros personajes como el protagonista de una novela que habla de él, en referencia a ‘El cielo llora por mí‘. Metaliteratura cervantina en estado puro.

El inspector ahora está envejecido y además de la pierna ortopédica que ya tenía en la primera parte, tiene que caminar con la ayuda de un bastón, a lo que se suma que esta vez ya no cuenta a su lado con la ayuda física de Lord Dixon (quien está y no está al mismo tiempo, literalmente), muerto en el pasado. Con esta novela, que prosigue la alta carga de denuncia social sobre la política y la sociedad nicaragüenses, Ramírez retoma las investigaciones del inspector. Y lo hace en el mismo ambiente sórdido con muchísimo humor negro, lacerante, como en la otra novela, con la ayuda de las dos mujeres que ya le ayudaron en el pasado.

Porque la Fanny, que en esta segunda novela padece un cáncer y recibe quimioterapia, y doña Sofía, siguen al pie del cañón ayudando al inspector Morales, con la ayuda de otras personas como Vademécum o dos primos hermanos peluqueros. Estos, viejos conocidos de los años revolucionarios, con sus conexiones soviéticas, que no acaban de quedarse en el baúl del pasado. Ni en ‘El cielo llora por mí‘ ni en esta su continuación.

Ahora Fanny y doña Sofía ya se muestran como lo que aspiraban a ser en ‘El cielo llora por mí‘: personajes principales que según pasen las páginas relegarán al inspector Morales, Quijote moderno, defensor de las causas perdidas, prácticamente a personaje secundario, cansado y no derrotado por el paso del tiempo, pero casi.

Secundario, por llamarlo de alguna manera, de lujo, eso sí, porque si bien Don Quijote es el protagonista absoluto en la obra cervantina, en la de Ramírez el inspector se ve relegado a un segundo puesto, como le advierte una y otra vez Lord Dixon. Más aún cuando, a lo largo de la investigación, entre en acción una mujer más de armas tomar como doña Sofía y Fanny: se trata de la reverenda Úrsula, madre protectora de los viciosos desarrapados de Managua que van al llamado Tabernáculo a comer.

Las calles de Managua son de nuevo perfectamente retratadas por el Premio Cervantes en esta novela, tan de actualidad desde hace varios meses, desde abril del 2018, con las protestas estudiantiles contra el presidente nicaragüense, Daniel Ortega, que destruyeron varios de los llamados ‘Árboles de la vida’ plantados por doquier por las calles de la capital nicaragüense, como símbolo de la unión entre el cielo y el infierno, como don Narciso le cuenta a la reverenda Úrsula en un momento dado de la trama.

Una trama que, como en el caso de ‘El cielo llora por mí‘, es un tobogán que sube y baja de las altas esferas de la sociedad nicaragüense, en lo económico y en lo policial, hasta lo más rastrero, hasta donde los zopilotes campan a sus anchas y uno, Chepe, está amaestrado por el Rey de los Zopilotes. Dos mundos que al final, como se ve en esta gran novela negra, tienen más en común de lo que aparentan. De hecho, en muchas ocasiones hay más delincuencia y corrupción en las grandes mansiones y conglomerados de empresas, de arquitecturas modernas y resplandecientes, que en las galerías llenas de basuras.

Una suciedad y corrupción a la que se le suma la hipocresía, que llega a niveles morales (no solo por el carácter de los negocios o la unión sucia de dinero y poder policial y político, sino también por motivos sexuales) en los que o se está del lado de los buenos, o se está del lado de los malos. Y es precisamente en el ámbito sexual de esta novela donde hay un homenaje más a la obra cervantina por antonomasia.

No se le puede escapar al lector, cree quien escribe esta reseña de la novela ‘Ya nadie llora por mí que si el inspector Morales es un Don Quijote moderno y Lord Dixon es Sancho Panza, la joven Marcela es una alusión clarísima a la pastora Marcela, a la que, como si su opinión no valiera nada, quieren casar a la fuerza con Manuelito, sobrino de Miguel Soto Colmenares. Siendo ella, a fin de cuentas, la verdadera protagonista de esta novela en última instancia.

En su debido momento, el inspector Morales estará ante una dicotomía sin posibles juegos para intentar estar en los dos bandos al mismo tiempo con Marcela como protagonista. Ahí es donde entra en juego la moral del antaño revolucionario, la que supone la diferencia entre salvar una vida o condenarla al Infierno en la Tierra por el resto de sus días.

En ese punto es en el que el inspector Morales se encuentra llegado el momento crucial de la novela, en el centro de dos tramas, una visible y otra oculta a sus ojos: el momento en el que se tiene que preguntar y decidir si cumple la misión de devolver a Marcela con su padrastro, Miguel Soto Colmenares, y que se case finalmente con Manuelito, capaz de encrespar los nervios de los lectores como niño mimado que es, o renunciar al dinero que le ha pagado el empresario y no cumplir con sus órdenes.

Sergio Ramírez, maestro del retrato social, político, mediático, económico, militar, revolucionario y moral de Nicaragua (la homosexualidad de Frank, amigo íntimo de la joven Marcela, es otro ejemplo más), juega una vez más con el lector, como en las novelas previamente reseñadas en este blog (‘Sara‘ o ‘El cielo llora por mí‘), llevándolo hacia adelante y hacia atrás en el tiempo y el espacio a su antojo, con una gran maestría de escritor moderno, como diría Lord Dixon en sus brillantes reflexiones de segundo narrador, explicando con sumo detalle todo lo que es necesario para completar la novela.

Por este motivo, como es obvio, por otro lado, con cualquier obra literaria, es de obligado cumplimiento leer a Sergio Ramírez con reposo para no perderse en los continuos vaivenes temporales, en las redes tejidas y destejidas por este autor. Ya no solo, visto desde el punto de vista del lector español, por los localismos, por todas las palabras y expresiones nicaragüenses que se pueden descifrar por el contexto, pero que en más de una ocasión obligarán a buscar sus significados en Internet.

Ya nadie llora por mí‘ es, una vez más, un éxito de su autor, tanto por el lenguaje, como por el estilo, el ritmo (lento en más de una ocasión, cierto, máxime en esta novela cuyos misterios no se desvelan al final a modo de catarsis), la historia, la denuncia social, la psicología evolucionada de los personajes con respecto a la primera parte, las cabriolas espacio-temporales, la realidad a niveles incluso tecnológicos con la inclusión obligatoria de la repercusión y el impacto de las redes sociales, y los juegos literarios que se puede permitir un escritor de éxito y reputado como él.

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