Reseña de la novela Tomás Nevinson, de Javier Marías (Alfaguara, 2020)

Reseña de la novela Tomás Nevinson, de Javier Marías

Han pasado varios años desde que terminó su última misión para los Servicios Británicos y Tomás Nevinson debe viajar a una ciudad del noroeste de España para confirmar la identidad de Magdalena Orúe o Maddy O’Dea, miembro del IRA que ha participado en varios atentados de ETA. Pero la educación clásica que ha recibido le supone un problema para llevarla a cabo. Máxime cuando desde hace varios años ha estado inactivo, trabajando en las oficinas de la Embajada del Reino Unido en Madrid.

Tomás Nevinson (Alfaguara, 2021), de Javier Marías, es la segunda parte de la novela Berta Isla y narra, esta vez desde el punto de vista de él, la última misión que le encomienda el extraño Bertram Tupra. Narrada en primera persona como su predecesora, en esta segunda parte conoceremos un poco más los entresijos de las misiones de Nevinson, en retrospectiva visto por él mismo.

La mañana del Día de Reyes del año 1997, Tupra llega a Madrid y se reúne con Nevinson (Tom o Tomás, británico o español según sople el viento para sus intereses) para encomendarle una misión, por un favor que le debe a un supuesto hombre de poder (o con opciones de tenerlo) en España, tal vez del CESID (actual CNI), tal vez no, llamado o que se hace llamar Machimbarrena. Porque el obscurantismo siempre está volando alrededor de este jefe de Tomás Nevinson, no solo porque, como él le dice, para las misiones sea mejor que cada uno solo sepa una parte de la historia para tener éxito.

Por eso, la búsqueda de la desaparecida Magdalena Orúe en la ciudad del noroeste de España (lugar de veraneo para quienes viven en el centro, aunque no tenga playa como otras similares al estilo de Santander o San Sebastián) a la que se destina al agente durmiente del Reino se tornará bastante complicada. Allí, durante un tiempo, Nevinson deberá descubrir quién esconde la verdadera identidad de la miembro IRA y ETA: Inés Marzán, dueña de La Demanda; María Viana, mujer de un constructor; o Celia Bayo, profesora del colegio al que el protagonista, oculto tras el nombre de Miguel Centurión, fingirá ser profesor de inglés.

Las tres con la posibilidad de que sean la terrorista buscada tras años de inactividad, por sus pasados desconocidos. Dos de ellas casadas, una de ellas sin pareja conocida, el agente secreto deberá hacer lo que haga falta por descubrir quién es Magdalena Orúe. Como le dice Machimbarrena, ese oscuro personaje al que Tupra le debe un favor, si hace falta acostarse con ellas para sonsacarle información, que lo haga. Lo que sea necesario para evitar peligros futuros. Porque los ángeles como él hacen eso, trabajan en la sombra, pero sin odio.

En esta novela Tomás Nevinson, Javier Marías nos muestra el regreso del agente a una vida más o menos normal, si eso es posible. Tras años dado por muerto por Berta Isla porque así se lo aseguró Tupra (o Reresby o como se dé por llamarse), el matrimonio vive vidas prácticamente separadas, con los dos hijos que respetan la presencia del padre ausente tantos años porque no se entromete en sus vidas. Nevinson e Isla se mantienen cordiales, no con la pasión de la juventud, pero se toleran con todo el secretismo obligatorio que debe guardar él.

Esa convivencia en la que cada uno de los dos respeta su espacio, viviendo a pocos pasos el uno del otro, se rompe con este nuevo viaje. Javier Marías se adentra de lleno entonces en una trama que une a las dos bandas terroristas que sembraron de dolor y muerte durante décadas Irlanda, Irlanda del Norte y Reino Unido (el IRA) y España (ETA). El punto fuerte de la novela no estará, por lo tanto, simplemente en que el lector pueda rellenar los huecos de la narración de la primera novela.

Por el contrario, lo estará en las interesantes reflexiones que deja el libro acerca de la justicia, de la lucha contra el terrorismo, de los ángeles asesinos que protegen a los ciudadanos con prácticas poco tolerables, pero que son las que al fin y al cabo permite que cada mañana salgan los trenes a su hora y no reine el caos. Y reflexiones que posiblemente llevarán al lector a pensar en novelas como Los miserables. Porque si Víctor Hugo teorizaba sobre las consecuencias legales de robar pan, Javier Marías en Tomás Nevinson hace lo propio con la arbitrariedad aparente de los años que deben pasar para que prescriban los delitos de sangre.

¿Por qué a los diez años y 364 días un delito se puede juzgar, pero a los once años exactos, un día después, no? ¿Son los jóvenes, como Patricia Pérez Nuix, compañera de Tom Nevinson en Madrid, en alza para Tupra, más impulsivos que los mayores? ¿Se pierden las facultades de agente secreto con el paso de los años? ¿Es normal que un hombre no pueda matar a una mujer, aunque sea una terrorista o colabore con ellos, cuando recibe esa orden? ¿Hacen falta asesinos que mantengan el orden detrás del telón para que la obra siga su curso? ¿Es lícito o justificable matar a alguien antes de que este cometa asesinatos o porque los ha cometido, arrepentido incluso? ¿Es corrrecto acabar con una vida justifica evitar decenas o cientos de muertes inocentes?

Preguntas como estas tienen respuesta en esta novela Tomás Nevinson de Javier Marías, cuya narración es un ejercicio de recuerdo del pasado por parte del protagonista, quizás desde el propio año 2020 de publicación de la novela, siempre y cuando lleguen por parte de los propios lectores, eso sí. Pero quien busque una novela de agentes secretos con glamour como James Bond, personaje creado por Ian Fleming, se equivoca. La realidad suele ser menos glamourosa que la ficción y un «martini seco, agitado pero no revuelto» es más bien un whisky con Coca-Cola.

El secreto de las buenas novelas, sea cual sea el punto de vista de la narración, incluso si es en primera persona, es no dar respuestas a las preguntas como si fueran verdades absolutas. Eso lo hace ‘el perro inglés’ en este libro, abriendo a los ojos del lector parte de lo que en la novela Berta Isla estaba cerrado. Desentrañando cómo Tupra es aún más retorcido de lo que se intuía. Como retorcidos al máximo son los terroristas que cometieron tantos atentados, como los que tuvieron la intervención de la borrosa Magdalena Orúe: los de Hipercor en Barcelona y el de la casa-cuartel de Zaragoza (y tantos otros, como el secuestro y asesinato del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco en julio de 1998).

Y cómo Nevinson, con sus extraordinarias dotes para imitar idiomas, motivo por el cual fue reclutado por el profesor Wheeler cuando estudiaba en Oxford, es una marioneta. Pero lo es en manos de un superior que unas veces dice una cosa y otras lo contrario, si esto es posible en un ambiente secreto en el que lo que se hace o no se hace, simplemente pasa sin más. Dejando claro que los servicios secretos británicos, en el MI5 o en el MI6, no hay odio. Los terroristas, eso le intenta inculcar Tupra en esta novela Tomás Nevinson de Javier Marías, son los que matan por odio, los servidores del reino nunca odian, aunque tampoco olvidan jamás.

Sí es cierto que el trasfondo de la novela plantea la hipótesis de que los servicios secretos, las bandas terroristas y las sectas tienen algo en común: es bastante difícil salir sin más, una vez que se entra, o siempre se pertenece o si se sale, no es de buenas maneras. Por eso, pese al cierto odio que le tiene a Tupra, Nevinson acaba aceptando la misión secreta en la ciudad del noroeste español: porque aunque tuviera los dos pies fuera, un solo paso vale para volver de lleno a estar dentro. Aunque sea, de nuevo, infiltrado en una pequeña ciudad con río, rodeado de la fauna y flora típica del lugar, desde Florentín, el periodista que está enterado de todo lo que sucede, hasta un traficante de tres al cuarto al que el protagonista intentaré usar de informante, ya verá el lector con qué éxito.

Tomás Nevinson de Javier Marías quizás no es una novela tan poética como Berta Isla, tal vez. Pero vuelve a ella (a la primera parte el escritor y a su mujer el narrador) de manera continua, un hombre maduro que cae una y otra vez en lances del pasado, toda la novela es eso, su pasado más o menos abierto a retazos. Porque todos los lectores somos en el fondo como Berta Isla, Tom Nevinson no nos cuenta del todo, todo lo que hace, todo lo que vivió, todo lo que hizo estando muerto mientras vivía o mientras estaba vivo tras morir para todos.

Todo lo que su esposa no tolera pero él ha tenido que hacer o simplemente sucedió y él tiene que no decir y si se dice, negarlo. De eso sabemos cosas, sabemos una parte, una vida pasada con mujer e hija incluida, algo medio en común con su vida madrileña. Pero el poder de Javier Marías en Tomás Nevinson, concluyendo, no está solo en lo que cuenta, en los entresijos que desmadeja. Sino, en mucho, en lo que esconde, en lo que insinúa, en lo que puede estar o puede no estar. Como en un juego de seducción, en ocasiones es más atractivo insinuar que mostrar directamente.

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