Portada de la novela Leviatán

Reseña de la novela ‘Leviatán’, de Paul Auster

En una carretera del Estado de Wisconsin (Estados Unidos), un coche explota y los restos mortales de un hombre acaban desparramados por la carretera. Milagrosamente, el número de teléfono de un hombre, Peter Aaron, es rescatado del interior de la cartera del muerto. Dos agentes del FBI visitan a Aaron en su domicilio buscando pistas y cuando estos se marchan, Aaron comienza a escribir la historia de su amigo Benjamin Sachs antes de que el FBI descubra la verdad.

Leviatán es como se llamará el libro que escribe Aaron y en el que, recordando desde el primer momento en que conoció a su amigo el escritor Benjamin Sachs, mostrará al lector en un juego metaliterario al que tiene acostumbrados a sus lectores Paul Auster, la propia obra que escribe el protagonista.

Durante gran parte de la obra, el lector creerá y pensará, seguramente con muchos motivos a su favor, que está leyendo una novela de enredo, en la que todos los protagonistas están unidos en sus relaciones por un hilo invisible. O, más bien, por dos hilos: los de Sachs y los de Aaron, la cara y la cruz de la historia. Pero que no calará en su poso interno, en su psique.

Aaron comienza a escribir de forma frenética y durante unas ocho semanas, dos meses, toda la historia de su amigo desde que se conocieron en la ciudad de Nueva York, en un bar en el que tenían que participar en un recital de poesía, finalmente suspendido por una gran nevada que asola la ciudad, pero al que, al no saber de la suspensión, acaban yendo.

Allí beben juntos y entablan una amistad que transcurrirá con sus altibajos, como irá comprobando el lector de Leviatán, desde la década de 1970 hasta 1990, presente en el que transcurre esta novela narrada en primera persona y recordando siempre el pasado. Una amistad de dos hombres que se complementan, que se necesitan mutuamente, que viven en un tira y afloja.

Entre otros motivos, por las mentiras. Nadie es capaz de conocer realmente a otra persona. En las novelas de Auster queda claro que no podemos llegar a conocernos ni a nosotros mismos. Somos mentirosos por naturaleza, actores en una ficción muy real como la vida misma, que mentimos continuamente.

Aaron se encuentra continuamente con las mentiras, con las mismas historias sobre la vida de Sachs y del resto de protagonistas (la excéntrica y sexual Maria Turner, Fanny -esposa de Sachs-, Lillian Stern y su marido Reed Dimaggio, etc.) pero contadas con versiones diferentes. Hasta el punto de que ni el narrador ni el lector sabe realmente la verdad, si es que existe alguna verdad en la historia de Benjamin Sachs contada por su mejor amigo.

En algunos momentos la novela Leviatán puede resultar lenta y carente de interés, una novela que pasa sin más, pero con el paso de las páginas la obra irá ganando interés y mostrando un trasfondo político y libertario ya pincelado en algunos momentos previos, pero que va ganando fuerza y dominio hacia la recta final de la novela. Esto no significa, sin embargo, que tres quintas partes de la novela carezcan de interés.

No es así, para quien escribe esta reseña de Leviatán, esta obra muestra las relaciones humanas llevadas al límite. El amor y el sexo desaforados, unidos al odio y al resquemor. Los matrimonios tal y como los ven los amigos de la pareja, pero también la cruda realidad cuando descubres cómo es en realidad. La extraña psicología de Maria Turner, una especie de mujer «neumática» que puede recordar a Lenina de Un mundo feliz de Aldous Huxley. El comportamiento absolutamente insólito de Sachs, una veleta que nadie sabe hacia qué dirección va a girar.

Narra los extraños acontecimientos que vivirá Sachs como escritor y como ser humano comprometido con la política, como un mentiroso rodeado de mentirosos, ya que todos parecen mentir y mienten a Aaron.

Auster, para el autor de esta reseña de la novela Leviatán muestra unas psicologías muy complejas, como lo son todas y cada una de las psicologías de todos los seres humanos: somos incógnitas andantes, que unas veces callamos y sufrimos al ver sufrir a quienes están tristes por nuestro silencio, mientras que otras veces hablamos y hablamos sin parar, intentando sacar todo lo que llevamos dentro, confiando en alguien ciegamente, ya no pidiéndole ayuda ni consejo, sino simplemente compañía y el favor de su silencio.

Leviatán es finalmente una obra con una carga filosófica (Hobbes) y política muy fuerte -desde la Guerra de Vietnam iniciada en 1965 hasta la caída del Muro de Berlín en 1989- que hará reflexionar sobre el bien y el mal, sobre la necesidad del uso de la violencia para conseguir objetivos políticos que, quizás, no son posibles de otra forma, sobre la individualidad del ser humano en una sociedad, sobre el Estado y la democracia.

En definitiva, es una novela del estilo inconfundible de Paul Auster: no es sencilla de leer, no es cómoda, no es para una tarde de verano en la que no se tiene otra cosa mejor que hacer, con una gran mezcla de realidad y ficción. Tienes pasajes duros, pasajes tiernos, momentos extraordinarios que no parecen reales, pero que pueden serlo en la cotidianidad de los Estados Unidos y con una gran importancia de la Estatua de la Libertad, símbolo estadounidense.

Es para quedar sorprendido, para empezar a leerla y querer dejarla porque parece que las páginas avanzan, pero no se ve mayor interés ni relevancia. Hasta que sorprende, hasta que todos juegan con el narrador y el narrador juega con el lector. Hasta que muestra, realmente, lo imprescindible que es leerla.

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