reseña de la novela fantástica Aranmanoth, de Ana María Matute

Reseña de la novela fantástica Aranmanoth, de Ana María Matute

Orso es el heredero de Lines que debe regresar a su tierra natal cuando su padre, fallece. Así se convertirá en el Señor de Lines, en el momento de su vuelta. Durante su camino, entrará en un manantial y yacerá con un Hada del Manantial. De esta relación nacerá su hijo, su heredero, con una naturaleza mitad humana, mitad mágica, que cambiará su vida, para bien y para mal, por siempre. El hijo se llamará Aranmanoth, Mes de las Espigas, así llamado por la fecha del año en que nació y por el color dorado de sus cabellos.

Este es el título de la novela, Aranmanoth (Ed. Destino, 2001), de Ana María Matute, ganadora del Premio Cervantes 2010. De género fantástico, sigue por lo tanto la estela de Olvidado Rey Gudú, publicada en 1956. Y narra cómo, años después de ser engendrado, el niño será llevado a su hogar por un anciano y allí convivirá con su padre, aún muy joven, quien al servicio del Conde deberá ausentarse en más de una ocasión de Lines para combatir allá donde el Conde le requiera.

La novela, que es de corta extensión (menos de 200 páginas), está escrita con un gran estilo narrativo, es de muy fácil lectura y gracias a la mezcla de elementos mágicos y humanos, nos contará cómo es la propia naturaleza humana. Como se suele decir, los árboles muchas veces no dejan ver el bosque, por lo que hace falta salir de él para verlo realmente. Lo mismo sucede con la naturaleza de los humanos: es necesario que en literatura haya personajes de corte fantástico que nos digan cómo somos, que nos sirvan de aprendizaje y reflexión.

Precisamente de esta manera, el joven Aranmanoth oirá durante toda su vida una serie de voces misteriosas, que no son sino la consecuencia del tiempo que pasa. Unas voces que incluso le aconsejarán sobre la vida y el amor, el gran tema de la novela. Sobre todo con la llegada a Lines de una niña llamada Windumanoth, que será la esposa de Orso cuando haya crecido. Su progenitor le dirá al joven de cabellos dorados que deberá ser el guardián de su joven prometida, más si cabe en las muchas ocasiones en las que tenga que salir a combatir a las órdenes del conde.

Y así los dos niños establecerán una bella relación de amistad en la que, de tan unidos que están, ni siquiera serán capaces de percibir el paso del tiempo. Esto solo lo sabrán cuando las historias de las mujeres de Lines dejen de cautivarles como cuando eran pequeños. Pero todos crecemos, todos maduramos, todos nos hacemos mayores y vemos alejarse nuestra infancia como si fuera una isla que, centímetro a centímetro, se aleja poco a poco (una gran novela a este respecto es Malandar, de Eduardo Mendicutti).

Mientras un mayordomo de extraños ojos les observa, y mientras un lobo crece a su lado como mascota (se lo regaló Orso a su hijo), a quien llamarán Aranwin, los dos niños se preguntarán qué es la vida, por qué los adultos guardan tantos secretos. Y descubrirán que la amistad puede dar paso al amor, con todo lo bueno y todo lo malo que tiene descubrir la naturaleza humana. Porque Aranmanoth y Windumanoth no deben ser más que amigos, pues ella debe ser la esposa de Orso con el paso de los años.

La novela, de género fantástico, nos traslada también a una especie de mundo medieval, aunque la temporalidad de la historia nunca queda del todo clara. Pero podemos advertir que se trata de una especie de mundo del medievo o similar, tal vez de un tiempo muy lejano en el tiempo, como en otras grandes novelas de la historia de la literatura como El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. Que también trata sobre el amor, la vida, la muerte, la guerra y la amistad, como la que en escapadas y en conversaciones en soledad mantienen Aranmanoth y Windumanoth en ausencia de Orso.

El valor de la novela Aranmanoth de Ana María Matute es enseñarnos quiénes somos, cómo la infancia da paso a la adolescencia y a la edad adulta de una forma en la que el tiempo pasa y no nos percatamos de ellos. Cómo el mundo de los adultos está lleno de misterios, secretos, tratos, guerra y violencia, mientras que el de los niños suele ser pura inocencia, ingenuidad y falta de maldad. A la vez que nos entristece el anhelo con el que Windumanoth quiere regresar a su tierra, el Sur, y cómo intenta volver a ella y las penurias que vivirá mientras lo hace. Un Sur que es como la infancia: se aleja, se aleja y un día, ha desaparecido.

A lo que Aranmanoth, con grandes lecciones de vida vistas a través de los ojos de la tierna pareja, añade los elementos del género fantástico, con hadas y elfos. Y ese es el espíritu de la novela, alejándose de todo lo que tenga que ver con la violencia, que deja a un lado, apareciendo de forma tangencial en la mayoría de las veces, e incluso cuando es directa, no es violencia explícita, sino sutil y hasta cierto punto poética en su tristeza (la poesía no es solo alegría o no refleja solo felicidad, la tristeza, el dolor y el caos también son, a su manera, poéticos).

Estamos hablando de una novela que posee un lenguaje muy bello, que no cae en lo cursi ni se deja llevar por lo metafórico y lo poético hasta el punto de hacer difícil su lectura (hay pocas cosas que más entorpezcan la lectura de una novela que el exceso de lenguaje poético). Al contrario, la narración es muy buena, el estilo muy elegante y el lector quedará con un sabor de boda agridulce al acabar su lectura. No por el argumento, por cómo las obligaciones de los adultos y la pleitesía y obediencia a un conde pueden más que el amor, sino porque su extensión deja con ganas de más (para saciarse, basta con ponerse a leer Olvidado Rey Gudú, de 1996, novela de culto de Ana María Matute y de la que tantos paralelismos y semejanzas se perciben en esta del año 2001).

Por encima del cuento y por debajo de una novela con algo más de contenido, Aranmanoth nos descubre un mundo de bosques en los que hasta las hadas desobedecen a su propia naturaleza y a sus propias reglas. Con las consecuencias que ello tiene, pues para quebrantar las leyes hay que estar seguro de sus repercusiones y saber aceptarlas. Pero las reglas no son nada al lado del amor y de los sentimientos del corazón, esa puede ser una de las grandes ideas y enseñanzas que nos deja la novela de Ana María Matute.

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