Reseña de la novela 'El último barco', de Domingo Villar

Reseña de ‘El último barco’, de Domingo Villar

El famoso médico Víctor Andrade acude a una comisaría de policía de Vigo para denunciar la desaparición de su hija, Mónica Andrade. Residente en Tirán, la mujer no responde a las llamadas de teléfono de su progenitor desde hace varios días. Nervioso, hace valer su influencia para que el comisario Soto le encargue el caso al inspector Leo Caldas.

El último barco‘ (Siruela, 2019), de Domingo Villar, es la tercera de las novelas dedicadas al personaje de Leo Caldas, un inspector de policía que forma pareja con el agente aragonés Rafael Estévez. El caso será complicado de resolver, ya que la desaparecida es mayor de edad y cabe la posibilidad de que se haya ido de casa sin avisar y no tener el móvil encendido por decisión propia.

Sin embargo, con un estilo muy cuidado, Villar nos muestra una investigación compleja que avanzado a pasos muy lentos. Por cada uno que se da, parece que se retroceden dos. No hay ningún sospechoso firme, salvo, eso sí, en la cabeza del doctor Andrade. Un personaje que nos muestra la capacidad de influencia social, incluso en el devenir de una investigación policial, que tienen algunas personas.

Esto es importante de mencionar: ‘El último barco‘ es una novela que nos muestra a un comisario que incluso parece que se deja amedrentar por este hombre, al que debe favores personales por su pericia como médico. Lo cual no es habitual en una novela policial o negra. En estas es lógico que haya disputas entre agentes e inspectores con los comisarios, sus superiores, para hacer la trama más interesante. Pero normalmente no por influencias que no sean políticas.

En las páginas de este libro veremos a Leo Caldas remar contra marea del comisario Soto por influencias de Víctor Andrade, quien parece tener más poder en la investigación que el propio comisario. Así será en cada momento de la trama, que nos hará recorrer Tirán, Vigo y los barcos que unen ambas poblaciones. Esos barcos que, como animal de costumbres, Mónica Andrade, ayudante ceramista en la Escuela Municipal de Artes y Oficios, suele tomar día a día a la misma hora. Esas costumbres se romperán un día de noviembre, de repente, sin previo aviso.

Domingo Villar no deja en toda la novela de mostrarnos un lenguaje perfecto y un argumento en el que el lector puede imaginar varios culpables o sospechosos. Un acierto por su parte, de eso no hay duda, como hacer que Caldas y Estévez sean un contrapeso el uno del otro. Caldas es más sosegado y su compañero, en el otro lado en el equilibrio de la pareja, mucho más visceral.

Ese carácter hará incluso que haya testimonios no del todo completos debido a su mal genio. Pero, aunque entorpezca la investigación y a veces tenga un carácter o personalidad algo teatrales, Estévez, una especie de gigante malhumorado, pero bonachón y cándido en el fondo, sirve para mostrar mejor el carácter de los gallegos. No hay nada como poner un espejo delante de nosotros para que nos veamos las caras tal y como somos. Estévez es ese espejo de la sociedad gallega. Tal vez son dos estereotipos (generalizaciones de cómo son los gallegos y cómo son los maños). Tal vez no.

A lo mejor por eso, por la personalidad de los gallegos, la novela ‘El último barco‘ es tan larga. Aun así, al menos para mí, no resulta pesada de leer. Puede que en eso ayude el lenguaje, la variedad de personajes y posibles sospechosos, el interés de la novela en sí y que los capítulos sean muy cortos. Incluso cortando acciones que bien podrían haber ido en el mismo capítulo. Todo ello alrededor de intentar averiguar qué es lo que le pasó a Mónica Andrade.

¿A qué hora cogió el último barco entre Tirán y Vigo o en el camino inverso? ¿Por qué no acudió a la tutoría en la Escuela para ayudar a los alumnos en sustitución de su maestro, Manuel Vázquez? ¿Qué le puso tan nerviosa en las últimas horas en las que estuvo en la ciudad? ¿Por qué tratamos tan mal a personas con dificultades mentales como Camilo Cruz, vecino de Mónica Andrade?

Estas son algunas preguntas, unas más importantes que otras, a las que se va dando respuesta con el paso de las páginas. Una novela que en su mayor parte transcurre sin que se le pueda poner ninguna pega. A excepción, tal vez, del desenlace. Sin hacer ningún tipo de spoiler ni desvelar nada, ahí veo un punto débil de la novela policial ‘El último barco‘ por su falta de profundidad. Otro puede ser el de algún personaje que aparece mucho para no tener importancia en el devenir de la historia como tal.

Una narración que nos sumerge a fondo en la muchas veces desesperante lentitud de una investigación policial; en las relaciones paterno-filiales, tan tierna en el caso de Leo Caldas y su padre; en los viejos amores que el día menos esperado vuelven a nuestras vidas (cuando lo hacen); en cómo de un día para otro se puede borrar el pasado de una ciudad derrumbando edificios y levantando en su lugar otros sin personalidad ninguna; y en lo difícil que investigar la desaparición de una persona poco dada a la exposición social, a la vida en grupo, como es Mónica Andrade. Una persona seria, educada, pero muy solitaria.

Y, también hay que decirlo, nos debe hacer preguntarnos por nuestra capacidad de ser ciudadanos responsables, aunque eso nos ponga en situaciones incómodas. La solidaridad entre individuos, involucrarnos en el bienestar de los demás, frente a no meternos en problemas. Este es un valor muy importante también de la novela de Domingo Villar.

En definitiva, acabando ya esta reseña literaria, ‘El último barco‘ no es un libro que deba afrontarse con mala cara por ser extenso. La lectura merece la pena por la pulcritud de cómo está escrito y por cómo, aunque sea muy lentamente, se va quitando el papel de regalo para ver lo que se esconde dentro. La trama está bordada de principio a fin, pese a que quizás no se resuelve de una forma totalmente satisfactoria para el lector si somos críticos.

Pero estamos hablando de una novela muy buena, que pese a ser ficción y no tratarse de una novela histórica, mezcla personajes ficticios con reales. No cabe duda, y pese a alguna posible crítica negativa como las aquí dichas, que Domingo Villar no defrauda tras unos años en la tarea de escribir esta novela. Ha sido un artesano que se ha tomado su tiempo. A pesar de que el resultado no es la perfección (¿es que existe algo perfecto?), es una novela policial de gran calibre.

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