Relato ‘Las sierras de Hitler’

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Cubierta de ‘Cosas que nos importan’ (Playa de Ákaba, 2017)

Hoy comparto en este blog un relato corto  que envié para su publicación en la antología ‘Un paseo por la Historia’, incluida en el volumen de antologías ‘Cosas que nos importan’ de la editorial Playa de Ákaba.

Se trata de un relato histórico (género, el histórico, que me fascina y con el que fui finalista del I certamen nacional de relato corto ‘Pluma de cigüeña’ convocado por PiEdiciones en 2016, gracias al relato ‘El Rey debe morir’).

Está ambientado en el Estadio Chile durante el levantamiento militar del año 1973. La escena transcurre el 12 de septiembre día posterior al golpe militar que daría inicio a la dictadura de Augusto Pinochet.

El protagonista: Felipe Quintero, un testigo de las torturas a Víctor Jara. El libro está a la venta en este enlace de la web literaria Espacio Ulises.

A continuación, el relato ‘Las sierras de Hitler’, espero que guste a quien lo lea.

Felipe Quintero no podía mover ni un solo músculo de su cuerpo porque, como a todos los demás, lo habían amenazado con dispararle allí mismo si lo hacía. El sol estaba saliendo lentamente, como si hasta el mismo astro tuviera miedo de aparecer y ser pisoteado, arrebatado de toda dignidad, golpeado por la culata de las metralletas una y otra vez. Las gotas de sangre caían sobre sus pies descalzos, tan sucios como el corazón de quienes les habían encerrado allí y probablemente no les dejarían salir con vida. Jamás volvería a ver su Fernanda. ¿Seguirían vivos sus ojos verdes? En sus últimas horas de vida, si le hubiesen preguntado si sentía más miedo por sí mismo o por el futuro de su joven esposa, de solo dieciocho años, Felipe Quintero no habría sabido qué responder. Quizás, habría dicho ‘Te amo, cariño, y a las rosas que veo nacer cada mañana en los hermosos campos de tus pupilas’. Sí, por su cabeza solo rondaba la idea de decirle eso una vez más. Pero estaba seguro de que no podría.

-¡A ese hijo de puta me lo traen para acá! –oyó gritar desde donde estaba a un oficial que subido en lo alto de un cajón, con lentes oscuras, unas granadas a modo de colgante alrededor de su cuello, con una metralleta, apuntando a un hombre con su dedo-. ¡A ese huevón! ¡A ése!

El oficial fue, a ojos de Felipe Quintero, como un tiburón que detecta en mitad del océano una gota de sangre y acude veloz. Un soldado obedeció enseguida la orden, se acercó a la gota de sangre y le dio un empujón. El prisionero casi cayó al suelo, tuvo que hacer equilibrios precarios con sus pies y finalmente consiguió sostenerse en pie.

-¡No me lo traten como señorita, carajo! –volvió a gritar, ajustándose el cinturón, del que colgaban un cuchillo y una pistola. Se paró justo delante del prisionero, que recibió un culatazo que le hizo caer a los pies del oficial, que lo miraba con más odio del que podía caber en la cabeza y el corazón de un hombre.

Felipe Quintero no podía apartar la vista de aquellos hombres. Vio el pelo enmarañado y escuchó en su mente, una vez más, la Humanidad convertida en canción. Sonreía, no podía creérselo, aquel hombre seguía sonriendo pese a todo. No importaba que lo estuvieran maltratando más que a cualquiera de los miles de desgraciados hacinados como ratas. Él seguía sonriendo y enfureciendo al oficial, que enseñaba los dientes como lo hacen las bestias. Sería capaz, pensó temeroso, sintiendo escalofríos por todo su cuerpo, y un dolor en toda su alma, de arrancarle las manos a mordiscos. En lugar de eso, lo golpearon con una brutalidad que le hizo llorar de terror y de lástima, de un miedo atroz que nunca imaginó capaz de sentir, a solo unos pasos del hombre que le había enseñado a amar al pueblo.

-¡Canta ahora, maricón comunista, carajo! ¡A ver si tienes los huevos de cantar ahora! –le increpaba el oficial mientras golpeaba con su odio sobre aquel cuerpo indefenso, cuyos músculos se contraían tanto de dolor que parecía que todas sus fibras se iban a romper, que todas sus venas y arterias derramarían su sangre, ahogando los versos en un charco de infamia.

Veía las sierras de Hitler en las manos de los soldados y temblaba de miedo, mientras escuchaba los alaridos de dolor, el pelo revuelto, sus profundos y oscuros ojos apagándose por momentos, su boca abierta pero no para cantarle al pueblo, sino como altavoz macabro del grito de toda la Humanidad, reunida y atormentada a cinco metros de donde él se encontraba. Y vio cómo el oficial se llevaba la mano al cinto, desenfundaba un arma y le apuntaba a la cabeza, mientras seguía dándole patadas en el costado. Él escupía sangre por la boca. Y, juraría Quintero, aún sonreía. Le pareció ver que todavía era capaz de sonreír. ¿Era eso posible? Los ojos cerrados, la boca exhausta de dejar salir por ella el alma de los ángeles. Se abrazaba a sí mismo, si no le había partido todas las costillas con tan tremendas patadas, sería la prueba de que aquel hombre no era una humano, sino que había llegado a este mundo caído del cielo para cantarle al olor de la primavera. Y el cañón del arma le apuntaba a medio metro de distancia a la cabeza. Le iba a disparar, callaría para siempre su voz en ese día para borrar de la Historia, para dar marcha atrás, para tener un día más con el que conseguir que escapara. Él no podía estar ahí, pensaban, pasmados, todos los testigos. Él no podía estar ahí, no podía estar sufriendo esa paliza, cualquiera menos él. El oficial, respirando fatigado por la maldad y el cansancio de propinar tantas patadas, le apuntó unos segundos más, pero no disparó. Extendió el brazo hacia atrás todo lo que pudo y le dio con el arma en la cabeza. Se la partió. La sangre manaba con fuerza y empapó todo su rostro. Le dio un golpe más, y otro, y otro. No podía parar de descargar culatazos en su rostro, hasta que se cansó. Respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba debajo del uniforme militar.

-¡Pongan a este maricón comunista cantor de pura mierda en medio de un pasillo! –ordenó con una voz más fuerte que la de los gritos anteriores-. ¡Y si se mueve lo matan aquí mismo!

El soldado que antes le había empujado, ahora le cogió de las piernas y le arrastró hacia el medio de un pasillo formado por dos filas de prisioneros, que en silencio observaban lo que ocurría. Su rostro, pegado al suelo. La sangre dejando un rastro en el piso y golpeando el pecho de los allí presentes. El oficial miraba con una macabra lujuria, como si le excitara ver el rostro ensangrentado marcando el camino del Infierno, de donde habían salido aquellas bestias vestidos de militares. El oficial alzó la vista y miró amenazante a las decenas de prisioneros allí presentes, a pocos metros.

-¡Al que se mueva o hable lo barremos! ¿Oyeron, rojos de mierda? –les gritó, escuchándose su voz por todas partes, sin encontrar ninguna respuesta, más que las de las miradas de pavor en mezcolanza con un conato de valentía por parte de todos los prisioneros, que intentaban que las rodillas no se les doblaran, no caer por falta de aire en los pulmones. Miraban con las bocas temblorosas las sierras de Hitler que portaban aquellos militares.

Quintero había escuchado que esas ametralladoras eran capaces de cortar por la mitad el cuerpo de un hombre y no pudo evitar llorar entre gemidos. No quería morir cortado por las balas, no quería. Deseaba con todas sus fuerzas regresar a casa y abrazar a Fernanda. Decirle que la amaba, volver a escuchar las canciones de lucha obrera, las canciones del pueblo que defendían al hombre y a la mujer frente a la injusticia y la barbarie. Pero las dos estaban allí de pie, uniformadas e invencibles. Destrozando la cabeza de un viejo de setenta años contra los asientos de las gradas, mostrando sus dientes bajo un rostro oscurecido, el casco militar moviéndose su cabeza.

-¡Todos firmes! –ordenó uno de los militares, mientras varios oficiales caminaban por el medio del pasillo.

Llegaron hasta el cuerpo, más pequeño con el paso de los segundos a los pies de los monstruos. Se saludaron, se abrazaron, rieron, observaron a su víctima. Uno de ellos tenía un cigarrillo apagado bailando en la boca. Se acercó dando unos pasos hacia él y se agachó para asegurarse de que le oía.

-¿Fumas?

No respondió. Pasaron unos segundos, en los que Quintero, en silencio, creyó escuchar el llanto de las gaviotas sobre el mar. El llanto de todos los hombres que, impotentes, no podían hacer nada.

-Solo te lo preguntaré una vez más, maricón… ¿Fumas? –preguntó de nuevo el oficial, que unos segundos después vio cómo le negaba con la cabeza-. Ahora vas a fumar –cogió con la mano derecha el cigarrillo de su boca y se lo tiró a la cabeza-. ¡Tómalo!

Con esfuerzo, se estiró para recoger el cigarrillo del suelo, encogiendo los dedos sobre él, como si quisiera protegerlo, como si fuera un chiquito, de aquel oficial, que con un rostro pétreo le miraba sin quitarle la vista de encima, mientras un militar, a unos metros de distancia, sacaba de un bolsillo del uniforme un huevo crudo y se lo comía.

-¡A ver si ahora vas a tocar la guitarra, comunista de mierda! –le gritó, y comenzó a pisotearle las manos.

A Felipe Quintero le dolieron los pisotones y las lágrimas comenzaron a caerle por las mejillas. Los gemidos, a ahogarse en su garganta. Y las piernas, perdiendo toda su fuerza, se vinieron abajo definitivamente. Cayó al suelo y perdió el conocimiento unos segundos después. Antes, lo último que vio, mientras el suelo retumbaba en su cabeza con cada pisada, fue a un soldado acercándose, sujetando la sierra con firmeza, siempre con un dedo sobre el gatillo.

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