Reseña de la novela Las intermitencias de la muerte de José Saramago

Reseña de la novela ‘Las intermitencias de la muerte’, de José Saramago

En un país que es una monarquía parlamentaria, de unos diez millones de habitantes y rodeado por cinco países, al día siguiente no murió ninguna persona. Siempre muere alguien, todos los días, es inevitable, pero ese día no hubo defunciones registradas. De manera que el país descubre que es el único en el mundo que tiene lo que, en principio, es la suerte de no sufrir muertes. Pero los que estaban a punto de morir ese día, el primero de un nuevo año, como la madre del Rey, quedan en un estado de no estar vivos ni muertos, pese a no morir, tampoco puedan ya recobrar la salud. Y, pronto, lo que parece una buena noticia se convierte en un serio problema.

Las intermitencias de la muerte (Alfaguara, 2005), de José Saramago, es una novela que comienza de esta manera: todo parece ser alegría porque las personas no mueren, pero la ausencia de muerte pasa a ser muy problemático en todos los aspectos de la vida, desde los más mundanos y personales (¿qué hacer con los cuerpos de los familiares al borde de la muerte pero que no se recuperan ni mueren?) hasta a nivel nacional (¿podrá la economía soportar el peso de tantos impuestos dirigidos al cuidado de personas que no mueren y dónde se trasladarán de ancianos si en las residencias no hay plazas libres por no haber muerte?).

Con este planteamiento al inicio de la obra, el escritor portugués, Premio Nobel de Literatura en 1998, escribe lo que al principio parece ser una novela sobre metafísica, sobre Religión, sobre las complejas y terribles relaciones sobre la vida y la muerte. Todos sabemos que vamos a morir y eso provoca miedo, ¿pero no provoca más aún saber que un día, si la muerte no hace su trabajo, estaremos muriendo sin morir? Lo que para la Iglesia Católica se convierte en un problema enorme porque sin muerte no hay resurrección, que es lo que en público dicen que de verdad existe, asistimos en Las intermitencias de la muerte a conversaciones de alto nivel entre el Rey, el primer ministro y un cardenal del país. Ahí está el primer gran nivel de altura del la novela.

El segundo, además de que está escrita con la complejidad del estilo literario de José Saramago igual que otras de sus obras maestras, como El Evangelio según Jesucristo, es que no se trata únicamente (como si fuera poco) de una novela con una alta carga política, eclesiástica, filosófica y metafísica. Eso ya la convierte en una novela genial. También es una novela de amor. En la obra, la muerte se reivindica como escrita en minúsculas, aparece como un protagonista más de la novela, porque no es la única que existe, tiene compañeras de trabajo que se encargan de los animales y luego está la Muerte, esta sí con mayúsculas, la muerte definitiva de toda forma de vida en el Universo.

La ausencia de defunciones provoca que los ciudadanos del país comiencen a provocar de otras formas el fallecimiento de sus familiares, convirtiéndose en un fenómeno nacional de tráfico de personas, con oscuros tratos y coacciones que afecta al ministro del interior (escrito con minúsculas porque Saramago escribe todos los nombres en minúsculas en esta novela). Los retorcidos planes secretos de los políticos y las mentiras de la Religión, junto con la corrupción y la maldad, se dan la mano en este libro, magnífico, fácil de leer pese a las ausencias de interrogaciones o exclamaciones, para los lectores habituales del maestro portugués. Porque esta es una novela terrible, con una temática que asusta, que preocupa, pero es una novela muy hermosa, muy poética. Como poética es la acherontia atropos.

Las intermitencias de la muerte de José Saramago nos presenta a la muerte como nunca antes la habíamos visto. Ella misma sabe que a veces la imaginamos con formas terribles. Pero aquí aparece diferente, haciendo su trabajo, pero cometiendo fallos, porque ella tampoco es infalible. Un día, decide hacer público que las personas del país volverán a morir (para regocijo de todos, quién pensaría que nos alegraríamos de dejar de ser inmortales) y lo avisará previamente a quien vaya a morir, no llegará de repente como es habitual salvo en la presencia de enfermedades mortales. Lo hará enviado un sobre de color violeta ocho días antes de la muerte de la persona. Pero, por un error fatal, un sobre violeta dirigido a un violoncelista de una orquesta, siempre le es devuelto. Y eso no ocurre nunca.

El foco de la novela está puesto siempre en el nivel político, en el religioso, en el empresarial y en la de ejemplos de vidas y muertes de algunas personas. Pero da un giro en un momento dado llevando la narración a la obsesión de la muerte por solucionar el problema. Ella, que es tan cuidadosa y a la que se la aparecen fichas de todos los nacimientos y muertes que hay en el mundo, un punto en el que la novela hace referencia a la Conservaduría del Registro Civil de la novela Todos los nombres, ya reseñada por mí previamente. Ella, que nunca falla, que es más infalible que un Papa, ha tenido un error, descubre qué ha sucedido y empieza a obsesionarse para darle solución.

Las intermitencias de la muerte es una obra excepcional, José Saramago sigue desplegando en ese momento todo su potencial narrativo, provocando que el cerebro del lector tenga que acostumbrarse a la ausencia de signos de puntuación claros que faciliten la lectura. Es, como en cualquier texto escrito, la novela la que obliga a ser leída de una manera concreta, pero en el caso de Saramago esta obligación es aún mayor, requiere de un esfuerzo mayor en el lector. Hasta descubrir toda la maravillosa historia que está plasmada en sus algo menos de 300 páginas: el amor, todo tiene que ver con el amor, como en la antes mencionada Todos los nombres.

La lectura de esta novela, Las intermitencias de la muerte, calarán de manera profunda en el lector a medida que se aprecien los diferentes niveles de los que está compuesta. Será como entrar en un túnel hermoso en el que poco a poco la oscuridad da paso a la luz, las penurias dan paso a la esperanza y las sonrisas dan paso a los sueños irrealizables. Pero qué bonitos son esos sueños cuando los escribe Saramago, aunque sus consecuencias económicas sean tan perjudiciales.

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